En el recorrido había ya una buena concurrencia de mozos, algunos con la ropa impecablemente limpia y planchada. Martintxo recordó a la madre y la echó de menos, el casería no era lo mismo desde que se fue al cielo, y él no había conocido hembra que le gustara lo suficiente, aunque otras que no eran esa habían querido llenarle los ojos sin conseguirlo. Allí había muchas, en el vallado, en los balcones, sonreían y murmuraban entre ellas o a sus acompañantes. A algunos de éstos últimos los veía forzándose a no estar serios, quizá hubieran preferido estar abajo para que ellas les mirasen.
Reconoció a algunos corredores habituales de otros años, y a todos los saludó con un movimiento de cabeza. Sólo con Benito gastó algo de saliva, la justa para hacer aprecio.
- Buen temple te veo, Martín - le dijo sonriendo amigablemente, con esos ojillos vivos detrás de las gafas.
- No creas, la procesión va por dentro- respondió, y dedicándole un esbozo de sonrisa y un saludo con la mano siguió caminando hacia la plaza del Ayuntamiento. Ya se verían luego y charlarían animadamente echando un trago. Cada cosa a su tiempo.
Conforme iba llegando a la plaza la cantidad de mozos aumentaba. Unos leían el Diario para hacer tiempo, otros saludaban a los amigos. Un foráneo se le acercó para preguntarle en qué dirección corrían los toros. Le indicó con un gesto de la mirada, pensando para sus adentros cómo era posible semejante pregunta, "y encima con la sonrisa en la boca, como si esto fueran las barracas...".
Se apoyó en el vallado a esperar y encendió un cigarro, aún sabiendo lo mal que le sentaba fumar en ayunas. Pero en algo tenía que ocupar las manos. Sanote como era, no le preocupaba, a la hora de la verdad más que correr volaría, no sentiría ni piernas ni cuerpo ni nada. Trabajar el campo, sudar y cansarse era una cosa, y evitar la muerte otra bien distinta, en esto último se usaba el "músculo de la supervivencia" que decía el tío José. No sabía en qué lugar del cuerpo se encontraba, pero sí que era el más fuerte de todos y que haría funcionar a los demás superando todos los límites en el momento necesario.
Marcaban pasadas la media en le reloj del Ayuntamiento. Mientras observaba su fachada recordó los chupinazos de otros años, los cohetes reventando en el cielo, y el griterío anunciando al mundo que allí comenzaba un sueño, o una realidad diferente, no sabía exactamente qué eran los sanfermines. El sol asomaba ya por encima de los tejados de la calle Curia, haciendo más rojo el rojo y más blanco el blanco. Martintxo imaginó los corrales allá abajo de Santo Domingo, los toros y los mansos, inmóviles, ignorantes de su protagonismo. Un poco más arriba, la oración al santo. Mercaderes, la Estafeta y la bajada al callejón desalojadas, esperando el mocerío. Le pareció que el tiempo se hubiese detenido, como si el sol hubiera salido únicamente para alumbrar el momento. Se sentía especialmente vivo y se alegraba de ello. Están locos, debían estar pensando muchos espectadores. Otros sentirían admiración y cierta secreta envidia.
".....Miradas impacientes al reloj, movimiento ansioso de las piernas, ocasionales cruces de miradas con otros corredores que le devolvían el reflejo de su temor y arcaica excitación. El sol, dando vida y fuerzas a ellos y a los toros. El sudor, el pastoso paladar y el latir de cientos de corazones, esparciendo la sangre por los cuerpos más deprisa que de costumbre, abrillantando las miradas y abirendo los párpados hasta el límite de las cuentas de los ojos....se respiraba una atmósfera llena de remolinos de temores y desafíos personales aunados, formando el enorme soplo de fuerza sustentadora de toda la fiesta..."
jueves, agosto 31, 2006
7 de julio de 1943 (1)
El mozo no podía dormir, no tenía sueño. Eran las seis y media de la mañana. Llevaba cuatro horas tumbado en la cama, en la habitación amañada por el casero para la ocasión. Comenzaba a amanecer y por el oido izquierdo - la oreja derecha estaba sobre la almohada- le llegaron los gorjeos de los pajarillos más madrugadores. con la mano izquierda apartó la txapela que le cubría el rostro, y abriendo un ojo percibió la tenue claridad del exterior.
Había llegado en autobús desde Irún, a donde bajó después de cerrar bien el caserío y entregar las llaves al tío José, ya se encargaría de echar pienso al ganado y dar alguna vuelta por la tarde. "Vete, hijo, descuida, y a ver si andas con ojo"- le dijo cuando marchaba, y como todos los años le dio las gracias y un buen abrazo, que a parte de aquel hermano de la madre no le quedaba familia. Bueno sí, las primas, pero a esas no las quería ver ni en foto.
El viejo cacharro iba hasta los topes y llegó a Pamplona más tarde que ningún año, a las doce y diez, y el mozo se quedó sin chupinazo, redios, y eso lo atormentó más que todos los pisotones que le habían dado en la verbena "sin mala intención, como me apalanco en la barra los que vienen y van me manchan las alpargatas", así lo comentó con todos los conocidos que andaban aquella noche por la Taconera. "Anda que había ambiente a las doce como nunca"- le respondió uno que le quería meter cizaña, y se le encendió la cólera un buen rato, hasta que se encontró con su buen amigo Migueltxo, de Sumbilla, desde el año anterior sin verlo, y se le cambió el pensamiento a otras tierras.
Se acordaba de él y de otros mientras abría los ojos y se desperezaba. Sonó la media en la Catedral y a los pocos segundos en aquella otra que bien podría ser San Cernin, aunque nunca estaba seguro. "Se lo preguntaré al casero"- pensaba siempre, pero luego se olvidaba de hacerlo, lo poco que le veía era para pagarle los nueve días y preguntarle por su hija, y aquel por costumbre le respondía siempre lo mismo. Catorce años que lllevaba ocupando aquella habitación con vistas a San Cristóbal, "la más silenciosa en estos días, y en medio del casco viejo"- le dijo el primer año, y así era, pero también chiquita, que aparte de la cama poco más cabía en ella. Y bien que la pagaba, "este año te subo una pizca nada más"- le decía todos los junios cuando iba para reservarla, y él que lo que haga falta, el único vicio que le tiraba a salir del caserío, venirse a sanfermines; los encierros, los desayunos, cuatro chistes y cuatro mentiras con los amigos, los toros, unos tragos, "y que esta ronda la pago yo y no se hable más".
Se incorporó de la cama y se acercó a la ventana a echar una ojeada a la mañana. Observó el azul del cielo y el blanco y el rojo de su vestimenta que por pereza no había hecho ni quitarse al llegar. El sonido lejano de una banda de música le indicó que la ciudad no estaba dormida, e imaginó la Estafeta y otras calles llenas de zapatillas sucias y caras trasnochadas. Pensó que habría muchos como él levantándose de la cama a esa hora, "si les vendrá la misma imagen a la cabeza. Que no es para menos, yo también pienso a veces como el tío José, un poco absurdo sí que es, jugarse la vida en esta suerte, que de vez en cuando más parece una lotería. Pero a ver quién encuentra cosa igual en el mundo..." Y eso que el suyo era bien reducido: el caserío, Irún, Pamplona y los pueblos entre ambas, "y para de contar". Sintió cómo se le aceleraba el corazón mientras veía la imagen, y quería borrarla de la mente porque le daba miedo, "mira que si tropiezo, o no agarro bien la valla, con toda esa gente que estorba queriendo ver..."
Se acercó al lavabo a mojarse pelo, cara y manos, y mientras se frotaba una pizca de colonia en el cuello le pareción ver en el espejo la testa de uno de ellos, la enorme cornamenta y los ojos negros que no entendían de tragedias, e intentó memorizar el rasgo para ver si luego veía alguno parecido en el Diario, "que será una premonición y yo no corro"-. Recordó por un momento la piel rasgada y la boca seca, años atrás, cuando cayó a la altura del Sixto y lo pisaron y él ya se daba por muerto, "exagerado, sólo un par de moraduras"- le comentaron en el desayuno; y sí que sólo fue eso, pero cuando todo había pasado, que en aquel momento no sabía si estaba en Pamplona todavía o ya purgando juramentos.
Todo ello y más le cruzaba la cabeza, peinando el pelo castaño y las pocas canas. Después orinó solemne, "quién sabe si será la última vez"- pensó, y después se sonrió y antes de terminar se arrepintió de haberlo pensado, "mira que todo influye a la hora de jugarse uno la vida". Tiró de la cadena de la cisterna y volvió a mirar por la ventana, era una buena mañana, auguraba día caluroso, ni una gota de viento. Un fresco y agradable silencio subía del patio interior y se perdía más arriba al mezclarse con los rayos del sol. Después de tantos años, la imagen le era familiar.
Permaneció allí unos minutos, hasta que el nerviosismo que no le había dejado dormir subió un poco más de tono. Ya no aguantaba, necesitaba ver el ambiente matinal. Salió del cuarto de baño y cruzó con sigilo el largo pasillo para no despertar a los otros inquilinos. Una vez en las escaleras bajó los seis pisos a toda velocidad para calentar el cuerpo. "Ágil si que estoy, la verdad", pensó, pero todavía dudaba, y lo seguiría haciendo hasta que no quedara elección y correr hacia adelante fuese la única escapatoria. Lo sabía por por experiencia, como todo lo importante en su vida. La duda lo mantendría en tensión, pero no lograría apartarlo al otro lado de la valla. Correría como todos los años, iba él a dejarse vencer por el miedo, faltaría otra.
Bajó por la Navarrería, a esa hora casi vacía. Algún que otro borracho dormía su cogorza en la acera: el adoquinado, sucio y pegajoso, olía a orines y sangría, "marrana si que es la gente". Algún que otro mozo volviendo a casa con la cabeza gacha, cansado de la larga noche. En la fuente de la plaza, un mozo largaba una tremenda bronca a su novia, y ella aguantaba el chaparrón con lágrimas en los ojos, mientras otro mozo con buen humor intentaba apaciguarlos cantándoles una canción.
Compró el Diario en la esquina de la Mañueta. La señora del quiosco le miró de abajo a arriba, un poco asombrada quizá por su altura y la seriedad casi solemne de su rostro. El mozo pagó e hizo ademán de ajustarse la txapela; acostumbrado a llevarla, ya ni se acordaba de que no la usaba en los encierros, y dio un pequeño respingo. Aprovechó para aplastarse el pelo a lo largo del cráneo hasta la nuca, y se fue caminando, evitando la tentación de abrir el Diario para ver los toros "pues todos se parecen"-. No quería meterse más miedo, ya lo leería después. Lo dobló para darle forma de porra y fue llegando a la curva de Mercaderes. Eran ya y cuarto y el vallado rebosaba de gente sentada. Divisó los balcones abiertos y a los inquilinos mirando la calle y participando de la expectación que él también comenzaba a respirar. Cruzó la valla por donde le dejaron, y a partir de ese momento se sintió otro.
Había llegado en autobús desde Irún, a donde bajó después de cerrar bien el caserío y entregar las llaves al tío José, ya se encargaría de echar pienso al ganado y dar alguna vuelta por la tarde. "Vete, hijo, descuida, y a ver si andas con ojo"- le dijo cuando marchaba, y como todos los años le dio las gracias y un buen abrazo, que a parte de aquel hermano de la madre no le quedaba familia. Bueno sí, las primas, pero a esas no las quería ver ni en foto.
El viejo cacharro iba hasta los topes y llegó a Pamplona más tarde que ningún año, a las doce y diez, y el mozo se quedó sin chupinazo, redios, y eso lo atormentó más que todos los pisotones que le habían dado en la verbena "sin mala intención, como me apalanco en la barra los que vienen y van me manchan las alpargatas", así lo comentó con todos los conocidos que andaban aquella noche por la Taconera. "Anda que había ambiente a las doce como nunca"- le respondió uno que le quería meter cizaña, y se le encendió la cólera un buen rato, hasta que se encontró con su buen amigo Migueltxo, de Sumbilla, desde el año anterior sin verlo, y se le cambió el pensamiento a otras tierras.
Se acordaba de él y de otros mientras abría los ojos y se desperezaba. Sonó la media en la Catedral y a los pocos segundos en aquella otra que bien podría ser San Cernin, aunque nunca estaba seguro. "Se lo preguntaré al casero"- pensaba siempre, pero luego se olvidaba de hacerlo, lo poco que le veía era para pagarle los nueve días y preguntarle por su hija, y aquel por costumbre le respondía siempre lo mismo. Catorce años que lllevaba ocupando aquella habitación con vistas a San Cristóbal, "la más silenciosa en estos días, y en medio del casco viejo"- le dijo el primer año, y así era, pero también chiquita, que aparte de la cama poco más cabía en ella. Y bien que la pagaba, "este año te subo una pizca nada más"- le decía todos los junios cuando iba para reservarla, y él que lo que haga falta, el único vicio que le tiraba a salir del caserío, venirse a sanfermines; los encierros, los desayunos, cuatro chistes y cuatro mentiras con los amigos, los toros, unos tragos, "y que esta ronda la pago yo y no se hable más".
Se incorporó de la cama y se acercó a la ventana a echar una ojeada a la mañana. Observó el azul del cielo y el blanco y el rojo de su vestimenta que por pereza no había hecho ni quitarse al llegar. El sonido lejano de una banda de música le indicó que la ciudad no estaba dormida, e imaginó la Estafeta y otras calles llenas de zapatillas sucias y caras trasnochadas. Pensó que habría muchos como él levantándose de la cama a esa hora, "si les vendrá la misma imagen a la cabeza. Que no es para menos, yo también pienso a veces como el tío José, un poco absurdo sí que es, jugarse la vida en esta suerte, que de vez en cuando más parece una lotería. Pero a ver quién encuentra cosa igual en el mundo..." Y eso que el suyo era bien reducido: el caserío, Irún, Pamplona y los pueblos entre ambas, "y para de contar". Sintió cómo se le aceleraba el corazón mientras veía la imagen, y quería borrarla de la mente porque le daba miedo, "mira que si tropiezo, o no agarro bien la valla, con toda esa gente que estorba queriendo ver..."
Se acercó al lavabo a mojarse pelo, cara y manos, y mientras se frotaba una pizca de colonia en el cuello le pareción ver en el espejo la testa de uno de ellos, la enorme cornamenta y los ojos negros que no entendían de tragedias, e intentó memorizar el rasgo para ver si luego veía alguno parecido en el Diario, "que será una premonición y yo no corro"-. Recordó por un momento la piel rasgada y la boca seca, años atrás, cuando cayó a la altura del Sixto y lo pisaron y él ya se daba por muerto, "exagerado, sólo un par de moraduras"- le comentaron en el desayuno; y sí que sólo fue eso, pero cuando todo había pasado, que en aquel momento no sabía si estaba en Pamplona todavía o ya purgando juramentos.
Todo ello y más le cruzaba la cabeza, peinando el pelo castaño y las pocas canas. Después orinó solemne, "quién sabe si será la última vez"- pensó, y después se sonrió y antes de terminar se arrepintió de haberlo pensado, "mira que todo influye a la hora de jugarse uno la vida". Tiró de la cadena de la cisterna y volvió a mirar por la ventana, era una buena mañana, auguraba día caluroso, ni una gota de viento. Un fresco y agradable silencio subía del patio interior y se perdía más arriba al mezclarse con los rayos del sol. Después de tantos años, la imagen le era familiar.
Permaneció allí unos minutos, hasta que el nerviosismo que no le había dejado dormir subió un poco más de tono. Ya no aguantaba, necesitaba ver el ambiente matinal. Salió del cuarto de baño y cruzó con sigilo el largo pasillo para no despertar a los otros inquilinos. Una vez en las escaleras bajó los seis pisos a toda velocidad para calentar el cuerpo. "Ágil si que estoy, la verdad", pensó, pero todavía dudaba, y lo seguiría haciendo hasta que no quedara elección y correr hacia adelante fuese la única escapatoria. Lo sabía por por experiencia, como todo lo importante en su vida. La duda lo mantendría en tensión, pero no lograría apartarlo al otro lado de la valla. Correría como todos los años, iba él a dejarse vencer por el miedo, faltaría otra.
Bajó por la Navarrería, a esa hora casi vacía. Algún que otro borracho dormía su cogorza en la acera: el adoquinado, sucio y pegajoso, olía a orines y sangría, "marrana si que es la gente". Algún que otro mozo volviendo a casa con la cabeza gacha, cansado de la larga noche. En la fuente de la plaza, un mozo largaba una tremenda bronca a su novia, y ella aguantaba el chaparrón con lágrimas en los ojos, mientras otro mozo con buen humor intentaba apaciguarlos cantándoles una canción.
Compró el Diario en la esquina de la Mañueta. La señora del quiosco le miró de abajo a arriba, un poco asombrada quizá por su altura y la seriedad casi solemne de su rostro. El mozo pagó e hizo ademán de ajustarse la txapela; acostumbrado a llevarla, ya ni se acordaba de que no la usaba en los encierros, y dio un pequeño respingo. Aprovechó para aplastarse el pelo a lo largo del cráneo hasta la nuca, y se fue caminando, evitando la tentación de abrir el Diario para ver los toros "pues todos se parecen"-. No quería meterse más miedo, ya lo leería después. Lo dobló para darle forma de porra y fue llegando a la curva de Mercaderes. Eran ya y cuarto y el vallado rebosaba de gente sentada. Divisó los balcones abiertos y a los inquilinos mirando la calle y participando de la expectación que él también comenzaba a respirar. Cruzó la valla por donde le dejaron, y a partir de ese momento se sintió otro.
domingo, agosto 20, 2006
Tánger, pronúnciese despacio
Tánger, suspéndase el juicio al llegar a esta ciudad y siéntese plácidamente durante el crepúsculo en el café choukruk a mirar la Plaza de entrada a la Kasbah.
Tánger, paseo marítimo.
Al caer la noche, la ciudad despierta y el paseo ofrece un amplio abanico humano. Unos, sentados, observan en silencio, mientras los otros caminan a ninguna parte. Una señora envuelta en una chilaba se sienta a mi lado con sus tres hijas bulliciosas, una de las cuales me mira sonriente y ensaya su seducción, mientras otra me pregunta si quiero casarme con ella. Mi respuesta dispara sus carcajadas y tras una fresca charla se levantan y se alejan.
Más tarde, un marroquí más bien gordo y de enormes ojos se sienta a mi lado sin decir nada. Durante unos quince minutos, me mira de vez en cuando y me sonríe, sin abrir la boca. Le devuelvo la sonrisa en todas las ocasiones. El resto del tiempo se dedica a mirar a la gente con aire de resignación. Posteriormente se levanta y se va.
Grupos de quinceañeros aprovechan la lentitud del paso de los camiones para intentar colarse en los bajos y así poder atravesar la frontera hacia Europa.
Un hombre pasea con sus cuatro mujeres y un rebaño de niños. no es mirado con especial atención por los rostros sentantes.
Un ciego camina despacio pidiendo limosna, y es escrupulosamente respetado por la gente con la que se cruza, que se aparta para dejarle paso.
Miles de personas disfrutando el frescor de la noche. Nadie se extraña de nada.
Más tarde, un marroquí más bien gordo y de enormes ojos se sienta a mi lado sin decir nada. Durante unos quince minutos, me mira de vez en cuando y me sonríe, sin abrir la boca. Le devuelvo la sonrisa en todas las ocasiones. El resto del tiempo se dedica a mirar a la gente con aire de resignación. Posteriormente se levanta y se va.
Grupos de quinceañeros aprovechan la lentitud del paso de los camiones para intentar colarse en los bajos y así poder atravesar la frontera hacia Europa.
Un hombre pasea con sus cuatro mujeres y un rebaño de niños. no es mirado con especial atención por los rostros sentantes.
Un ciego camina despacio pidiendo limosna, y es escrupulosamente respetado por la gente con la que se cruza, que se aparta para dejarle paso.
Miles de personas disfrutando el frescor de la noche. Nadie se extraña de nada.
jueves, agosto 17, 2006
miércoles, agosto 16, 2006
Tánger, la bahía
Estoy en la terraza de un hotel en el que según me cuentan se alojaron William Burroughs, Allen Ginsberg y Jack Kerouac. No es de extrañar, pues la vista de la bahía de Tánger es espectacular, cuando llega el crepúsculo y la bruma oculta la línea del horizonte, mientras los ferrys salen y entran en los muelles.
Más abajo, la marea humana.
Más abajo, la marea humana.
Tánger, las tabernas del puerto
El camarero, de unos cincuenta años, me ve llegar mientras atiende otras mesas. Su mirada y sus movimientos se suceden sin pausa, de un lado a otro, de la mesa a la barra, de la barra al puerto, del puerto al pasar de la gente, de la gente a las monedas de su faldon para devolver el cambio. A veces tensa los párpados como preguntándose ¿Cómo he acabado yo aquí? pero el interrogante se pierde en seguida en el siguiente movimiento.
Pasan veinte minutos hasta que llega a preguntar qué quiero tomar. No han sido veinte minutos largos, al igual que el resto de clientes, me entretengo mirando a la gente, podría haber estado dos horas más esperando su llegada, incluso toda la tarde, pues Tánger es el lugar apropiado para que la mente divague sin detenerse jamás, sin urgencias ni aburrimientos posibles.
Pasan otros veinte minutos hasta que me sirve el te moruno, azucarado y con hojas de menta. Tampoco había prisa. No hay en toda la terraza, diría que en todo Tánger, un movimiento apresurado, todo transcurre al ritmo adecuado.
Pasan veinte minutos hasta que llega a preguntar qué quiero tomar. No han sido veinte minutos largos, al igual que el resto de clientes, me entretengo mirando a la gente, podría haber estado dos horas más esperando su llegada, incluso toda la tarde, pues Tánger es el lugar apropiado para que la mente divague sin detenerse jamás, sin urgencias ni aburrimientos posibles.
Pasan otros veinte minutos hasta que me sirve el te moruno, azucarado y con hojas de menta. Tampoco había prisa. No hay en toda la terraza, diría que en todo Tánger, un movimiento apresurado, todo transcurre al ritmo adecuado.
Tánger, la taberna de Raschid
Un camarero no sirve a los infieles, el camarero sordo solo limpia mesas, no recoge notas. Raschid lo controla todo desde una mesa. La actividad es frenética, decenas de platos salen y entran en la cocina, los chillos se suceden y el mareo aumenta por el pasar de la gente. Todos disfrutan de esa vida.
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