lunes, octubre 30, 2006

Cambio climático

"El Rey sin espada ¡¡La tierra sin Rey!!"- exclamó horrorizado Lanzarote cuando, despertándose de su noche de amor con Ginebra, vio a Excalibur clavada entre los dos cuerpos desnudos.

Y salió corriendo.

sábado, octubre 14, 2006

El reino de los sonidos puros

Todo el mundo hace las cosas de la mejor manera que es capaz de hacerlas. Debe ser cierto. Holm lo pensó un día, mientras esperaba en la cola de la caja del supermercado, observando el rostro de la gente. “Por consiguiente”- pensó –“tendrá razón aquel que dijo que vivimos en el mejor de los mundos posibles...”.

A cada instante, tal vez, porque el mundo cambia y aquellos que ven la necesidad de transformar las cosas son parte de ese mundo, y ese “querer transformar” es asimismo el mejor “querer transformar” que son capaces de generar.

Es el error de contemplar "lo que es" o "lo que se mueve" de forma disyuntiva. Por eso no se pone de acuerdo la gente. Quizá la próxima adaptación evolutiva sea la capacidad de contemplar simultaneamente ambas cosas.

Las almas en el mundo

Las almas en el mundo pasan desapercibidas para los humanos. Sólo otras almas pueden verlas, pues ninguna actividad mundana les delata. Son el hombre que camina todas las mañanas rumbo a su trabajo: la enfermera que rellena un parte de urgencias, la profesora que camina despacio por el pasillo del instituto: se confunden con el paisaje, son parte del mobiliario en el que transcurre la gran obra de teatro. Pero basta que dos almas se miren para entender el infinito del que han llegado. Ningún gesto les seduce, no hay grandilocuencia que les llame la atención ni restaurante que les despiste del gran río mental en el que vivimos. Sólo la mirada de otra alma les conmueve. Por ello la quietud, o el movimiento pausado y contínuo, sin sobresaltos, es su seña de identidad. Ello y la fascinación por la luz solar de una tarde de febrero, con la atmósfera salpicada por nubarrones grises, esa luz que parece chocar con los ojos ateridos por el frío invernal.

Las almas en el mundo caminan desprovistas de aparatos. La técnica, esa ampliación de los sentidos, no es interesante para ellas, que sólo viven en búsqueda de otras miradas limpias: no obstante, las ciudades les encantan, pues les permiten permanecer a resguardo de la evidencia de su falta de interés por los asuntos corrientes. No buscan un lugar en el mundo, pues cualquier lugar es adecuado. Por la noche, están condenadas a permanecer despiertas. Es el único momento en el que reposan y descansan, ya que pasan el día eliminando miedo humano. Los árboles transforman el co2 en oxígeno, y ellas transforman los infiernos mentales en espacios apacibles, efectuando una permanente labor depuradora.

Antes o después, dos almas se miran mutuamente, o más bien se reconocen. Advierten inmediatamente el papel del otro y lo dejan estar, o le corrigen su equivocada postura, o simplemente muestran su indiferencia. Puede ocurrir en cualquier lugar. Un bar, un parque, la salida de un cine. Dos miradas se cruzan y sienten la certeza del encuentro próximo o de la desavenencia mas abrupta entre ambas. A menudo una encuentra en la otra el recuerdo de un pasado lejano e irreversible que le provoca nostalgia pero al cual no es posible regresar. Otras veces comprueban la imposibilidad del encuentro, porque en la mirada está impresa la misión, y las misiones divergen. “Puede que en otra vida”, se dicen las pupilas, unas a otras.

El mayor error, y el más frecuente, entre las almas que pueblan el mundo, consiste en adelantar el encuentro y provocarlo, interviniendo en los asuntos del mundo para modificar su curso y acercar lo que nunca se ha alejado. Encuentros borrosos y desconcertantes, a pesar del anhelo que los impregna.