Ya podrás imaginar que mi sorpresa fue mayúscula. Mis sentidos chocaron de frente con aquella vasta inmensidad,, con aquel extenso plano sin líneas ni paredes, indefinido e indireccionado.
Quedé atónito, permaneciendo en aquella posición mitad a un lado, mitad a otro del espejo durante mucho tiempo, oteando la lejanía de aquel plano, intentando divisar alguna pared o alguna puerta, que era a lo que estaba acostumbrado. Pero nada había allí, aunque tuve la directa certeza de que "algo" había salido por allí. Pero esto último dejó de importarme.
Ahora estaba pendiente de lo que acababa de descubrir, de aquel momento de iniciación. Me sentí tan fascinado por aquel espacio abierto y aparentemente ilimitado que acabé cruzando el espejo por completo, caminando con cierta prudencia hasta que me aseguré de la firmeza del nuevo suelo que pisaba.
Quedé atónito, permaneciendo en aquella posición mitad a un lado, mitad a otro del espejo durante mucho tiempo, oteando la lejanía de aquel plano, intentando divisar alguna pared o alguna puerta, que era a lo que estaba acostumbrado. Pero nada había allí, aunque tuve la directa certeza de que "algo" había salido por allí. Pero esto último dejó de importarme.
Ahora estaba pendiente de lo que acababa de descubrir, de aquel momento de iniciación. Me sentí tan fascinado por aquel espacio abierto y aparentemente ilimitado que acabé cruzando el espejo por completo, caminando con cierta prudencia hasta que me aseguré de la firmeza del nuevo suelo que pisaba.
Entonces seguí avanzando con mayor confianza. Caminé alejándome poco a poco del espejo. Volviendo la vista atrás, comprobé que a este lado ninguna pared lo sujetaba; el espejo se sostenía por si mismo, y tras él el plano continuaba hasta el horizonte. El plano se extendía en todas las direcciones hasta el horizonte.
Continué caminando. Al primer tropiezo no siguió el correspondiente dolor en el hombro, como ocurría en el laberinto cuando me golpeaba contra la pared, sino unos torpes pasos hacia la derecha, descubriendo así que podía modificar mi dirección y caminar a mi antojo hacia donde quisiera. Así que sin temor al dolor, y girando con precaución por la falta de costumbre, empecé a hacer zigzags, primero, luego ondas senoidales y después todo tipo de figuras geométricas con mis pasos, recreándome en esa nueva potencialidad. Fue maravilloso. Hasta entonces, mi vida había estado encarrilada, mi camino y la dirección de mis pasos habían sido perfilados de antemano por los pasillos que recorría continuamente y sin posibilidad de error. Abría puertas y avanzaba por los pasillos. Todo igual; un método que de tanto usarlo ya me era familiar, porque además así lo había conocido desde siempre.
- La fuerza de la costumbre- apuntó Ada, la. psicóloga, al otro lado de la mesa.
-No -replicó Holm-, la fuerza de la costumbre eran las temporadas de puertas del mismo color. Pero el encarrilamiento de mis pasos y de mi vida, la monotonía de mi acción era el resultado de mi perfecta adaptación al laberinto, el universo en que vivía.
Ada asintió, cediendo e indicando con un gesto que continuara.
- Luego, aburrido de todas las formas imaginables que podía trazar, caminé en circunferencia alrededor de un minúsculo puntito rojo que había descubierto en el suelo, la única alteración que encontré en aquel plano homogéneo. Y entonces a la acción le sucedió el pensamiento. Me detuve en seco, acosado por otra duda.
Si podía tomar cualquier dirección en mi caminar por aquel plano infinito, y todas ellas me llevaban a ninguna parte, ¿Qué sentido tenía continuar avanzando? Había un indeterminado número de posibilidades de no conseguir nada, ya que aquel amplio espacio estaba completamente vacío.
El laberinto tenla puertas e impedimentos tras los cuales se escondían pasillos que conducían hasta otras puertas tras las cuales se escondían nuevos pasillos que conducían hasta otras puertas, etcétera, -Holm hizo un gesto indicador con el dedo, expresando el inacabable recorrido del laberinto-. El hecho de tener en cada momento una ineludible dirección me motivaba para seguirla. Pero en el plano infinito todo era visible. No había estímulos para la acción, para el movimiento. Una vez conocidas mis capacidades, no había motivos para ejercerlas. Al pensar esto, y tras comprobar que el espejo había desaparecido, acabé sentándome en el suelo y me dediqué a dar un repaso mental a los últimos acontecimientos, en los que la actividad de surcar el laberinto había terminado con el hallazgo del espejo. Me pregunté qué habría ocurrido en el caso de no haber escogido la exacta combinación de puertas que escogí a lo largo del trayecto. Si hubiera elegido otras, con la lógica consecuencia de haber alterado el camino recorrido, ¿Me habría encontrado también con el espejo? ¿Sabía, sin ser consciente de ello, que esa combinación me llevaba hacia el espejo?
Deduje que no, naturalmente, y aventuré que quizá existía la posibilidad de que hubiera muchos espejos diseminados por otras tantas salas del infinito laberinto, y que me había encontrado con uno de ellos como podría haberme encontrado con otro si hubiese seguido un camino diferente.
De cualquier modo, allí estaba, sentado; un minúsculo punto, un ínfimo relieve en aquella extensa planitud, capaz de tomar cualquier dirección y exento de motivaciones para hacerlo. Sin esperar nada, ni tan siquiera la muerte, pues no conocía esa transformación. El silencio y la quietud que me rodeaban eran tan extremos que podía escuchar los latidos de mi corazón y el rozar del aire con las paredes interiores de mis vías respiratorias...
